Lectores

jueves, 4 de julio de 2013

Capítulo 1


Era una tarde soleada en el camping “Los amigos del sol”. Los pájaros cantaban, la brisa refrescaba el ambiente y los niños correteaban como locos entre las caravanas mientras sus padres intentaban enviarlos a lavarse las manos para ir a comer. Todo eran risas, juegos y disfrutar del precioso día en el mejor camping de toda la costa este española.
La protagonista de esta increíble historia se llama Leire Conde, por aquel entonces tenía diez años y era su primer verano en “Los amigos del sol”. La pobre chiquilla no tenía amigos por aquellos lares y, aunque su madre la instó a que saliera de la caravana a conocer a otros niños, ella se mantuvo inmóvil en su asiento con un libro entre las manos.
-Déjala, María -le aconsejó el padre de Leire a su mujer-. Si lo que quiere es desperdiciar el verano entero sentada en esa silla es problema suyo, nosotros hemos venido a disfrutar.
El señor Pablo Conde era un hombre alto y robusto de unos cuarenta años. Tenía los ojos grandes y marrones, el pelo corto de un negro azabache libre de canas que acababa en caracoles muy rizados y una barba bien recortada. Era tan amante de la naturaleza como su esposa María, ambos disfrutaban del olor a tierra y plantas y de las barbacoas al aire libre durante el desayuno, comida y cena.
En cambio Leire era más de ciudad, aunque de aspecto fuera idéntica a su madre; ambas con los ojos azules, la larga cabellera rubia ondulada y la piel blanca como la leche, en gustos no compartían absolutamente nada. Madre e hija eran como la noche y el día y aquello originaba innumerables y absurdas discusiones entre ambas que nunca llevaban a ninguna parte.
-Leire -empezó María, sin rendirse todavía-, nos vamos a comer con Marcos y Raquel, ¿quieres venir? Estarán sus dos hijos, son muy simpáticos y seguro que os haréis amigos enseguida.
Leire alzó la vista del libro para mirar a su madre.
No es que no quisiera ir a conocer a esos niños, por supuesto que quería hacer amigos y pasar unas inolvidables vacaciones en aquel camping, pero era tan tímida, dar el primer paso era algo que le costaría. Que su madre se ofreciera a intervenir era algo que agradecía y a la vez temía. Cuando eras pequeña no era extraño que las madres juntaran a los niños para jugar pero, las cosas con la edad cambiaban y los niños ahora escogían sus propias amistades... ¿y si no era de su agrado? ¿Y si se negaban a jugar con ella? Si había posibilidades de fracasar Leire prefería no intentarlo.
La pequeña volvió a centrarse en su libro y negó con la cabeza. Su madre suspiró, frustrada, y su padre empezó a despotricar como siempre hacía cuando su hija se cerraba en sí misma.
-Nuestra hija no es normal, no sé a quién habrá salido pero por descontado a nosotros no.
-Va, vámonos.
María sacó a empujones a su marido de la caravana, todavía quejándose, y cerró la puerta tras de sí, dejando a la pequeña Leire sentada en la silla con el libro de “La casita de Chocolate” del revés.
Tardó un par de segundos en percatarse de que no podía leer y girar el libro, pero fue inútil ya que no podía concentrarse, estaba aburrida y cansada de estar sola.
-Ojalá Oscar estuviese aquí...
Acordarse de su hermano mayor la puso aún más mustia. Cerró el libro y echó todo el peso en el respaldo acolchado con los ojos llorosos. Sabía que era tonto ponerse a llorar, Oscar se había marchado a un campamento de verano con sus amigos porque había querido, no como ella que tenía que estar allí obligada. Tenía tantísimas ganas de cumplir los 15 años como él para poder irse a cualquier otra actividad de verano que no se hiciera en el campo y alejada de sus amigos. Pero estaba bien claro que, tal y como era su familia, todavía le quedaban un par de años de sufrimiento veraniego.
Leire se levantó del asiento, dejando el libro sobre la mesa que había en frente, y se encaminó hacia la nevera para comer algo. Lo bueno de que su familia fuera tan aventurera era que no escatimaba en gastos a la hora de comprar material de acampada. La caravana era muy espaciosa y bonita. Una encimara larguísima con una pila de cocina, un microondas, cajones en el mueble y alacenas repletas de platos, vasos, cacerolas... ocupaba la parte derecha. El largo banquillo con cojín acolchado, donde siempre se sentaba, y la larga mesa fijada al suelo delante, ocupaban la parte izquierda. También la televisión plana colgada del armario repleto de películas, CD y libros. Al fondo, a mano izquierda, estaba el cuarto de baño, con un váter, un lavabo y una ducha; pequeño pero accesible. A mano derecha un armario lleno de abrigos y cosas para acampar fuera, y al fondo de todo la habitación, con una cama de matrimonio y una litera. Todo de madera y colores claros, de muy buen material.
Leire se olvidaba rápido de que estaba en el campo cuando se encerraba allí dentro. Entre los libros, las películas y las palomitas de microondas, podía sobrevivir en el monte, pero sin amigos... Aquel año era especial porque su hermano Oscar no estaba para interceder por ella con los otros niños, él era el carismático y extrovertido, el que siempre encontraba amigos fueran donde fuesen. ¡¿Qué iba a hacer allí ella sola durante aquellas tres semanas?!
Abrió el frigorífico, entre el mueble de cocina y la puerta de la caravana, y se quedó mirando su contenido con la cabeza casi dentro para sentir el fresquito que emanaba del interior. Tampoco sabía qué comer para deshacerse del aburrimiento que amenazaba con estropearle el día más de lo que ya estaba. Sacó el tetrabrik de leche, sin mucha convicción, y lo depositó en lo alto de la encimera. Agarró el pequeño taburete que había debajo de la mesa y se encaramó a él para alcanzar el armario de arriba y coger un vaso. Un brutal golpe en una de las ventanas de la caravana asustó a Leire e hizo que se tambaleara peligrosamente. A punto de caerse, se sentó como pudo sobre la encimera para evitar el suelo pero con la mala suerte de sentarse en lo alto de la leche y aplastar el cartón, haciendo que estallara. ¿Qué había sido ese golpe?
A pesar de tener el culo totalmente empapado y haber manchado media caravana de leche, la chiquilla solo podía prestar atención a la ventana que tenía en frente con el corazón latiéndole a mil por hora. Mantuvo la mirada fija durante un par de segundos hasta que la puerta de la caravana se abrió y una voz la sobresaltó.
-¿Hay alguie...?
La voz del muchacho se apagó en cuando su mirada encuadró la escena sobre la encimera y la leche decorando el suelo, la pared y los muebles colindantes. Leire le miró directamente a los ojos con un nudo en la garganta que le impedía decir nada más que boquear como un pez. Quería preguntarle quién era y qué hacía entrando sin llamar en casa de otros, pero la risa del muchachito la hizo enrojecer a más no poder y solo calló.
-Esto -preguntó él, señalando el desastre-, ¿ha sido por el pelotazo en la ventana?
Leire echó un breve vistazo a su alrededor y luego volvió a mirar al chico de pelo castaño y ojos marrones, casi de su misma edad. Asintió y, está vez, sí pudo hablar.
-Sí -le contestó, sin poder ocultar una sonrisa y unas mejillas muy enrojecidas.
El chico se frotó el cogote con el morro arrugado y a punto de volver a estallar a reír.
-Pues perdona -ambos se quedaron mirando al otro sin que ninguno hiciera ademán de acercarse. Al final fue él quien tomó la iniciativa-. ¿Quieres que te ayude a limpiar?
Leire se sorprendió por el ofrecimiento y, aunque se lo pensó un par de segundos, asintió y le invitó a pasar dentro con un gesto. Se bajó de la encimera con cuidado de no caerse y se echó hacia la mesa para separarse del desastre al cual el chico se dirigía. Él, sin darle importancia a su reacción, cogió la bayeta que había junto a la pila de cocina y se puso a limpiar mientras ella lo miraba fijamente.
-Me llamo Dani -se presentó, sin dejar de limpiar, queriendo romper el silencio que ella creaba con su timidez-, ¿y tú?

-Leire -respondió con un hilillo de voz, aferrando bien fuerte la madera de la mesa de detrás.
-¿Eres nueva? ¿Cuándo has llegado? -preguntó sin dejar tiempo para responder- No te he visto antes por aqu...
-Mis padres... -le interrumpió ella, tras reunir todo su valor-, a ellos les gusta mucho venir de camping y este año tocaba venir a Valencia, así que... -en cuanto se dio cuenta de que no estaba contestando a su pregunta se puso roja y volvió a enmudecer.
Estaba tan nerviosa por hablar con un posible futuro amigo que no paraba de meter la pata. Si las cosas le salían bien, aquel encuentro del destino podía salvarla de pasarse las tres semanas allí completamente sola. Tenía que hacer un esfuerzo y convertirse en su amiga.
Se acercó al armarito de la encimera, debajo de la pila, y sacó otra bayeta. Tras humedecerla en agua y subirse al taburete, empezó a limpiar la pared y un par de gotitas que habían llegado a manchar las alacenas.
-¿Dónde tiro esto? -le preguntó Dani, refiriéndose al cartón de leche.
-La bolsa de la basura está en ese armario de dos puertas que tienes en frente- le explicó, señalando la parte inferior del mueble de cocina.
-¿Este?
-Sí.
Quería hablar más con él pero tenía miedo de meter la pata y perder la oportunidad de hacer un compañero de juegos, pero si no lo intentaba estaba clarísimo que aquel chico saldría por la puerta igual de rápido que había entrado y no volvería a verle.
-¿Cu... cuántos años tienes? -le preguntó sin dirigir la mirada hacia él, fingiendo limpiar una mancha invisible en la pared.
Dani sí la miró, dejó de frotar y se giró para encararla.
-Tengo once pero cumpliré los doce dentro de poco, ¿y tú?
Leire se había percatado de que los ojos del muchacho la escrutaban de arriba abajo desde su pregunta, así que decidió dejar de limpiar aquella mancha ficticia y también lo miró, aunque sin librarse del todo de su timidez.
-Diez.
Y tras eso volvió a quedarse sin nada que decir.
Al ver que él tampoco decía nada, solo la miraba, decidió escapar otra vez hacia su mancha ficticia en la pared, le daba miedo bajarse del taburete y ponerse al alcance de Dani. Él en cambio no se giró y continuó mirándola.
-Tú no hablas mucho, ¿no? -le espetó él muy serio.
Leire se paró en seco, petrificada por el miedo de perder al único chico que podría hacer migas con ella. ¿Qué se supone qué tenía que responder para caerle bien? ¿O mejor no respondía? ¡Pero eso era de mala educación y ella no era así! La cabeza de la pobre niña era un poti poti de malas ideas.
-Supongo... -acabó murmurando.
El muchacho volvió a centrarse en limpiar, ahora el suelo, y dejó de mirarla. Aquello hizo que todos y cada uno de los músculos de Leire se tensaran de golpe, ¿eso significaba que ella no le gustaba? ¡¿Qué podía hacer para que cambiara de opinión?! Sin dejar de mirarlo y haciendo acopio de todas sus fuerzas, se armó de coraje una vez más y se lanzó al abismo.
-Puedo hablar más si eso te molesta...
En cuando los ojos marrones de él se clavaron en ella, dejó de hablar inmediatamente, temerosa de que hubiese vuelto a equivocarse.
-No he dicho que me moleste -y dicho eso se levantó y limpió la frente perlada de sudor con el dorso de la mano-. Bueno, esto ya está limpio.
Leire no pudo contener la sonrisa por más tiempo y dejó asomar sus diminutas piezas blancas en una expresión radiante. Bajó del taburete y se acercó por primera vez a Dani, sin querer guardar las distancias.
-Muchas gracias por ayudarme.
El muchacho se encogió de hombros y arrugó el morro, sin saber cómo actuar al ver a Leire brillando con luz propia.
-No ha sido nada, total, todo ha pasado por mi balonazo así que...
El silencio incómodo volvió a adueñarse del interior de la caravana, a ninguno de los dos se le ocurría qué decir pero ambos querían continuar hablando con el otro, conocerse más y ser amigos.
-Bueno, tengo que marcharme ya, mi madre me estará esperando para comer y como no vaya...
El corazón de Leire se aceleró al escucharle hablar de marcharse. Todavía no eran amigos y si se iba tan pronto dudaba de que volvieran a hablarse.
-Claro...
Pero qué podía hacer ella, tan tímida y sin iniciativa en absoluto. Quería proponerle de quedar para ver una película y comer palomitas juntos, o pintar dibujos, incluso estaba dispuesta a salir a investigar el bosque si él quería. Tenía que arriesgarse.
Levantó la vista del suelo para mirar a Dani e invitarle a pasar la tarde juntos pero cuando abrió la boca y articuló la primera sílaba se dio cuenta que no le salía la voz de lo nerviosa que estaba. Pero no podía perder la oportunidad que el destino le había brindado, estaba claro que si Dios existía aquello era obra suya, tenía que recuperar la voz cuanto antes.
-Adiós, Leire -se despidió Dani antes de abrir la puerta. Esperó una respuesta por parte de ella pero solo encontró silencio y un medio gesto con la mano-. Espero que nos volvamos a ver pronto.
Y dicho esto, tras una sonrisa y un salto al suelo, la puerta se cerró dejando a Leire igual de sola que durante las próximas tres semanas.
-Adiós...
O al menos eso pensaba ella mientras se daba cabezazos en la mesa por ser tan cobarde y haber dejado escapar la oportunidad que el cielo le había dado.
CONTINUARÁ...

1 comentario:

  1. Fue un capítulo muy tierno, disculpa por demorarme en leerlo desde que soy tu seguidora. Luego continuo leyendo más. Saludos.

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