Lectores

lunes, 8 de julio de 2013

Capítulo 2


El sol se colaba por entre las rendijas de la cortina metálica de varillas echada del dormitorio de la caravana, pero Leire seguía durmiendo plácidamente en la litera de arriba como si los gritos y risas de fuera y los ladridos de perro no estuvieran. Tenía un sueño muy fácil y profundo del cual siempre había estado orgullosa, o al menos, siempre que no se quedara dormida antes de ir a clase.
-Leire, cariño -la llamó su madre al entrar al cuarto y subir la cortina hasta arriba-, ¿hasta cuándo piensas dormir?
La niña no se movió y su pecho continuó con el delicado sube y baja de su respiración.
María se acercó al lecho de su hija y la meneó suavemente del brazo mientras la animaba a abrir los ojos, pero Leire balbuceó algo ininteligible y se giró, dándole la espalda.
-No puedes tirarte todo el día durmiendo.
-Sí puedo...
-No con el día tan bonito que hace -le contestó, arrebatándole la sábana y haciendo un ovillo con ella bajo el brazo.
Leire se incorporó y se giró para encararla con gesto indignado pero ya era tarde, María se había marchado canturreando despreocupada con su sábana.
-¡Mamá!
Esperó una respuesta pero no la hubo y se estiró en el colchón soltando un suspiro de puro agotamiento. Leire sabía que su madre lo hacía por su bien, para que conociera gente y pasara unas buenas vacaciones, pero lo que ella no entendía era que todo aquello era demasiado embarazoso y difícil para Leire. Si solo Oscar estuviese allí para ayudarla, aquello sería otra historia bien diferente, como tantos otros años...
La niña, después de un par de minutos dando vueltas en la cama, decidió levantarse e ir a desayunar; el estómago tenía más autoridad sobre ella en aquellos momentos que no su orgullo.
Se acercó a la nevera y la abrió para meter la cabeza dentro. Aunque no supiera que coger, aquella no fue la razón por la que se quedó alelada, sino porque vio el cartón de leche y aquello le recordó a Dani, el pequeño hombrecito que la había ayudado tanto el día anterior.
¿Qué estaría haciendo? ¿Volvería a verle? Vivían en el mismo camping, por supuesto que volverían a encontrarse, de lo que no estaba tan segura era de si volverían a mantener una conversación.
-Si no vas a coger nada cierra la nevera -le advirtió su madre, sonsacándola de su reflexión.
Agarró la leche y cerró la nevera. Por alguna extraña e inexplicable razón, le apetecía mucho un buen vaso de leche fresca; cogió uno de los vasos que se estaban secando en el mármol, una cuchara, y se sentó a la mesa.
-Mamá, los cereales -le pidió, señalando uno de los armarios de arriba.
-Sí, claro -abrió el armarito y le alcanzó el paquete de cereales de chocolate-. Toma.
Leire echó un buen puñado en el vaso y metió la cuchara para hundirlos en la leche.
-¿Y qué planes tienes para hoy, cariño?
La chiquilla miró a su madre sin expresión alguna y volvió a centrarse en su desayuno sin responderle.
-Leire, no puedes continuar así. Hace tres días que estamos aquí y no te has dignado siquiera a salir a tomar el aire -esperó a que la niña dijera algo pero, en vista de su mutismo, continuó-. Conseguirás que tu padre se enfade.
-¡Me da igual! -gritó, cansada de que le echarán la culpa siempre de todo. Pero bajó la voz enseguida con los ojos húmedos- Yo no quería venir... Nunca me hacéis caso y luego siempre os quejáis de que no me divierto, pero es que yo no me lo paso bien en el campo como vosotros. Quería quedarme con los abuelos, en casa.
María se sentó en el banco, junto a ella, y le acarició el hombro suavemente. Sabía perfectamente como se sentía Leire pero, ¿qué se supone que tenía que hacer?, ¿quedarse en casa el único mes en que tenía vacaciones? Ya había renunciado a muchas cosas por la familia. Si todavía sentía cariño hacia sí misma no podía privarse de nada más.
-Lo sé, mi vida -quería hacerle ver que aquello era importante para ellos pero sin ser demasiado dura, era consciente de que para Leire aquello era difícil, sobretodo sin Oscar-. Pero tu padre y yo llevábamos planeando esto desde navidades, lo sabes. Estoy convencida de que si haces un par de amigos luego hasta te costará marcharte, inténtalo.
-Inténtalo, inténtalo -repitió con retintín-. Siempre con lo mismo.
María suspiró y se frotó la frente, agotada de tener que lidiar con una hija tan quisquillosa cuando no se le hacía caso.
-Mira, Leire, yo...
-¡Buenos días familia! -irrumpió Pablo, abriendo la puerta de la caravana.
Ambas, madre e hija, enmudecieron de inmediato pero María pronto se levantó y fue a recibir a su marido con una sonrisa.
-Por cierto, Leire -continuó él-, hay alguien que quiere verte.
Se giró hacia la puerta e invitó a alguien a pasar. Leire solo pudo levantar los ojos de los cereales hacia la puerta y cambiar su expresión de curiosidad a sorpresa en cuanto vio a Dani aparecer. ¿Qué hacía él allí?
-Hola -saludó él, acompañándose con un gesto con la mano, tímidamente.
Leire se quedó contemplándole en silencio. No acababa de creerse que estuviera allí, y había venido expresamente a verla, a ella. Tragó saliva y respondió al saludo con otro gesto con la mano y un “hola” inaudible. María en cambio se agachó para ponerse a su altura y recibirle.
-¿Cómo te llamas, muchachito?
Dani se presentó formalmente ante los señores Conde y les explicó de que conocía a su hija, el accidente con la pelota, pero, tras intercambiar una mirada con Leire, calló en lo referente a la leche. Leire se sintió agradecida, no les había contado nada de aquello y si llegaban a enterarse de que casi se mata cayéndose de lo alto del taburete habría sido cosa mala.
-¿Y a qué se debe tú visita? -continuó María.
Dani, rascándose la cabeza algo incómodo, señaló hacia la puerta y puso una de las excusas que se había traído pensadas de casa.
-Mi hermana se ha cansado de jugar con tantos niños y quiere una amiga, así que he venido a preguntarle a Leire si quiere venir a jugar con nosotros. Y así conocer a Ana.
Y, aunque no era una mentira, no era la verdad del todo. Dani se había pasado todo el día anterior pensando en ella. Era verdad que no era muy habladora y tampoco parecía divertida, pero había algo en ella que le decía que le gustaría conocerla. No sabía si era por su sonrisa o por el hecho de que no le hubiese gritado como una histérica cuando le pegó el balonazo a su caravana, la cosa era que sentía curiosidad por aquella niña.
Leire se quedó clavada en su asiento con la cuchara en la mano, aquel ofrecimiento acababa de abrirle las puertas del cielo. Aunque la que más se alegró fue su madre, María aplaudió casi sin darse cuenta y se giró hacia ella dispuesta a aceptar la oferta en su nombre.
-¡Claro que irá! ¿Verdad, Leire?
No sabía si agradecer el entusiasmo de su madre o simplemente lanzarle un cereal a la cabeza con tal de que cerrara la boca, acababa de dejarla como una desesperada busca amigos, aunque eso era lo que en realidad era. Bueno, gracias a ella al menos no podría rechazar la oferta aunque quisiera, que no quería, pero su orgullo se lo pedía.
La niña asintió débilmente, toda colorada.
-Se viste y en un ratito sale, ¿vale?- acordó María.
-Vale -respondió Dani, bajando ya los escalones de la caravana-, te esperamos en el chiringuito.
Unos pasos bastaron para alejarle lo suficiente de la caravana como para poder sonreír sin arriesgarse a ser visto. Había sido todo un machote atreviéndose a invitarla; Ana se lo agradecería, claro que lo haría.
En un par de minutos estuvo en el chiringuito para reunirse con sus amigos y contarles que pronto tendrían una nueva amiga. Todos se alegraron con la noticia y en cuanto llegó Leire, toda tímida, la avasallaron a preguntas y presentaciones. Eran tres chicos, una niña y Dani. Leire no se quedó con sus nombres de inmediato pero les puso adjetivos en su mente; Carlos, “el alto”, Jairo, “el flaco”, y Mateo, el “gordito”, y la chica era Ana, la hermana de Dani. El muchacho había puesto en aviso al resto de la cuadrilla de la timidez de la nueva así que ninguno se preocupó al ver que no abría la boca, es más, lo ignoraron y rápidamente decidieron irse a jugar al escondite. Solo Ana se detuvo a hablar más con ella.
-Me alegra mucho que hayas venido -le confesó a Leire.
Ella sonrió al escucharle decir aquello, la miró y le devolvió el cumplido.
Ana era una niña de pelo castaño oscuro, como el de su hermano mayor, recogido en una coleta que le despejaba el redondo rostro con ojos verdes y nariz chata. Tenía un par de pecas en las mejillas y los dientes muy pequeños pero, a pesar de no tener las mejores cualidades físicas, era bonita. Tenía la misma edad que Leire, aunque aparentaba menos, y su tono de voz era dulce y agradable.
-¿De dónde eres?
-De Barcelona -respondió Leire- ¿Y tú?
-Nosotros somos de Alicante, estamos cerca por lo que venimos todos los años. ¿Cuánto te quedarás?
Las dos muchachas hicieron migas desde el principio y no se separaron por el resto del día, queriendo ir juntas a todas partes y jugar en el mismo equipo, cosa que los chicos no vieron bien ya que era una desventaja para el equipo que juera con ellas.
Pasaron las horas y llegó la hora de comer. Inesperadamente, Leire acabó en la caravana de Ana y Dani, comiendo con su familia como si siempre hubiesen sido amigos. Bromas, risas y anécdotas de las que no había escuchado hablar nunca, normalmente se hubiese sentido fuera de lugar e incómoda pero, sorprendentemente, le gustó.
Todo era perfecto para Leire en aquellos momentos y estaba casi convencida de que lo que le había dicho su madre era cierto. Una vez pasadas las tres semanas y llegado el momento de marcharse, no querría volver. Pero pasó algo aquella tarde que lo cambió todo, una mera casualidad o una treta del destino.
-¡Ana! -la riñó su hermano- ¿por qué has chutado la pelota hacía allí?
-¡Ha sido sin querer!
Ana había chutado el balón con todas sus fuerzas y lo había mandado al límite del camping, donde tocaba con el espeso bosque de pinos que lo rodeaba. Ninguno de los niños quería ir a buscar la pelota y querían obligar a la pequeña Ana a ir a por ella por haberla chutado tan lejos. Leire no podía consentir que hostigaran de aquella manera a su nueva amiga e intervino para ayudarla.
-Ya voy yo -se ofreció.
Sin esperar confirmación de los otros niños, se encaminó a paso ligero hacia los árboles con los ojos atentos a la silueta de la pelota de fútbol de cuero amarillo, Ana debía de haberle dado más fuerte de lo que parecía porque no había rastro de ella. Dejó atrás la primera fila de pinos en un par de pasos y continuó buscando por los arbustos de los alrededores pero el balón no estaba.
-¡Leire! -escuchó que la llamaba Dani- ¡¿La encuentras?!
Echó una mirada rápida a su alrededor y se volvió hacia él.
-¡No la ve...!
Súbitamente, el suelo desapareció bajo sus pies y una fuerza invisible la arrastró hacia abajo, haciendo que pegara un grito que se escuchó a kilómetros a la redonda mientras caía por la pendiente. La tierra húmeda la embadurnaba mientras rodaba barranco abajo y las puntiagudas hojas de los pinos le arañaban la piel junto con las piedras que había en el camino.
No paró de rodar hasta llegar abajo, en plano, con los huesos molidos y hecha un cristo. Intentó incorporarse pero la cabeza le daba vueltas y se vio obligada a permanecer unos instantes más tirada en el suelo con la frente pegada al suelo, temerosa de que la tierra no parara de girar nunca. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? Y mil preguntas más, similares a aquellas, rondaban por la mente de aquella pequeña muchacha. Era consciente de que había caído por una pendiente mientras buscaba la pelota pero, aún sabiéndolo, las preguntas continuaban resonando en su cabeza.
Un ruido la alertó y se incorporó con esfuerzo para mirar hacia la cima del barranco, tenía que ser Dani que había venido a rescatarla. Clavó las rodillas en la tierra y usó las pocas fuerzas que le quedaban en los brazos para ponerse en pie; todo le temblaba y no era solo por el golpe y el revolcón, estaba asustada.
-¡Dani! ¡¿Eres tú?!
Pero no hubo respuesta.
Se limpió la cara, pringada de tierra, con el dorso de la mano y se sacudió los pantalones cortos y la camiseta morada de maga corta. Las dos trencitas que le había hecho Ana durante la comida se le habían despeinado completamente y tenía algún que otro par de agujas de pino enganchadas. Las rodillas y los antebrazos no habían salido mejor parados que su vestuario, tenía alguna que otra rozadura y eso, para ella, era motivo de llanto, pero se contuvo.
-¡Dani!
De nuevo no hubo respuesta.
Se acercó al pie de la ladera y miró hacia arriba, examinando las piedras y raíces que había y sopesando la idea de escalarla para volver a casa. No parecía difícil, la pendiente era inclinada pero tenía bastantes puntos de apoyo para escalarla. Colocó uno de sus pies en un saliente y agarró una raíz con fuerza, dio dos tirones fuertes para asegurarse de que no cedería y subió el otro pie. Un ruido sobre su cabeza y un puñado de tierra cayéndole desde arriba hizo que levantara la mirada, nada más ver lo que la esperaba allí arriba soltó la rama y saltó al suelo, alejándose un par de pasos. Abrió tanto los ojos que pensó que se le saldrían de las cuencas si no los cerraba pronto. Una bestia enorme y redonda, de pelaje gris, ojos como boliches negros y orejas pequeñas la esperaba arriba. ¡¿Eso era un oso?! Y tenia dientes, muy afilados.
Tan pronto como el animal abrió la boca y profirió un gruñido, Leire se dio media vuelta y salió huyendo sin rumbo, despavorida. ¿Qué hacía un oso tan cerca del camping? Es más, en ese bosque no deberían haber osos como ese.
CONTINUARÁ...

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